Sobre un pájaro negro, viajes, enciclopedias, el Chile no horroroso y el que sí

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diego-alfaro-palma_foto-enmanada-producciones-640x427Entrevista de Mijaíla Brkovic para El Guillatun

Diego Alfaro Palma (Limache, 1984) es poeta, traductor, editor y librero. Pero prefiere definirse como «un curioso de la cultura», una persona a quien le gusta indagar sobre la forma en que se arma un mueble, viven las medusas o escriben poetas nuevos. Su curiosidad es quizás lo que lo ha llevado a construir su interesante trayectoria en el mundo de las letras. Se encargó de Antología de Ezra Pound en Chile (Universitaria, 2011) y Poesía reunida de Cecilia Casanova (U. de Valparaíso Ed., 2014); tradujo El pensamiento zorro, de Ted Hughes (Limache250, 2013); publicó diversos ensayos sobre la figura política de Enrique Lihn y, en 2013, creó el sello editorial Limache250, junto al escritor Fernando Correa. Además, parte de sus poemas aparecieron en Entrada en Materia. Antología de la poesía chilena nueva (Altazor, 2014).

Sobre su creación poética, ha publicado los libros Paseantes (Ed. Temple, 2010) y, recientemente, Tordo (Ed. Cuneta, 2015). El segundo fue lanzado hace pocas semanas en Valparaíso y Santiago; mientras que se escribió entre la capital chilena y Buenos Aires, ciudad donde Diego Alfaro reside hoy en día, y en la cual nos reunimos un jueves de mayo para realizar esta entrevista.

—¿Cómo voló Tordo hasta Chile?

—El nido originalmente está en Chile. El pájaro en que me baso es el Curaeus curaeus, que es el nombre científico del tordo chileno patagónico, y que era el que siempre veía en la casa de mis viejos en Limache. O cuando salía a almorzar, por ejemplo, después de mi trabajo en Santiago. Es parte de mi imaginario y del de mucha gente. Así que siempre estuvo volando en Chile.

—Toda la primera parte fue escrita en Chile: corregida, re-corregida, comentada. Y toda la segunda parte, acá. De la primera parte se hizo una plaquette —con el proyecto Limache250 que armamos con Fernando Correa, quien publicó antes El guardián de la casa— y, cuando ya nos había ido más o menos bien, y yo tenía que viajar a Chile, llevé algunos ejemplares. Y tuvo súper buena recepción. Y en uno de esos movimientos se lo envié a Editorial Cuneta en PDF, con la primera y la segunda parte, y ahí vino algo súper potente: Galo Ghigliotto, el director de Cuneta, se entusiasmó muchísimo con el libro y me dijo: «bueno, va el libro, y yo voy a Buenos Aires en estos días». Nos reunimos, conversamos. Fue una conversación muy rápida, pero álgida. Él me dio, como editor, a Lucas Costa. Un poeta con el que yo solamente había hablado por teléfono por una cosa de librerías en Santiago y con quien estuve carteándome todo un año sin verle la cara, hasta el día del lanzamiento. Y fue súper profesional el trabajo, me gustó mucho.

—Ahora, presentarlo en Chile tiene esa cosa de, primero, re-encontrarse con los amigos y de conversar, y también de tratar de situar la obra que uno hizo y que está casi toda pensada en ciertos lugares como Valparaíso, como Limache, como Santiago. Tordo tiene mucha crítica de Chile, mucho elemento crítico al país. Era importante que se presentara allí. Y estuvo muy bueno.

—¿Esperas las críticas literarias de Tordo?

—No, la verdad que no. Si me quedo pegado en eso no podría seguir en los otros proyectos que tengo. Me tupe, me tapa, me topa. No me deja traspasar el espacio de la escritura si me quedo pensando en lo que se está diciendo o escribiendo sobre mí. Me gusta, sí, cuando un amigo me escribe un correo y puedo conversar y dialogar y ellos me envían sus cosas. Y es parte como del ejercicio del oficio. Como dos carpinteros que se juntan a hablar de cómo arreglar una mesa. Y ahí está lo lindo: que te encuentras, conversas, hay intercambios de ideas. Hay toda una política de cómo hacer las cosas. Hay toda una ética. Eso es interesante. Las críticas, no.

—Cuando dices que entre sus amigos se forma una ética sobre los trabajos que están realizando, ¿significa que eres o te sientes parte de un grupo, o de una generación?

—Yo me siento cercano a gente que en su propia poesía aúna distintos discursos de manera crítica: discursos políticos, discursos sociales. Gente que ha podido ver la cultura chilena, sus identidades, se ha metido ahí en los orígenes, incluso, del provincianismo, de trabajo con la imagen. Y también un trabajo de incluir otras formas de arte dentro de la obra. Es decir, hemos pasado por toda la tradición chilena y no hemos dicho que éste era bueno, éste era malo, éste era un cobarde, como lo hizo la otra generación. Me parece que tratamos de traer todo un poquito más adelante, porque la historia de Chile ya es muy fragmentada.

—¿A qué poetas te refieres cuando hablas en un «nosotros»?

—Yo siempre me sentí identificado con la Cecilia Casanova, que tiene 80 años más que yo. Y con la Cecilia tuve unas conversaciones hermosas. Ella fue mi maestra. Yo iba a su casa, me hacía un taller, así como estamos nosotros: en una mesa, tomando té, con unas galletitas. Y me hacía pedazos los poemas. Yo sentía que ella era una persona de mi generación. Y siempre me hablaba de Enrique Lihn. Y a mí me encantaba la poesía de Enrique Lihn, a quien también siento parte de mi generación.

—Pero de los que están vivos, siento que Juan Santander es un poeta que tiene una muy buena poesía, es un poeta que vale mucho la pena lo que está haciendo. Víctor López, también. La Gladys González, que ella como que en un momento la figuraban dentro de una generación particular, pero supo trabajar muy bien su proyecto poético y desligarse de cualquier «escuelita»… Porque yo no digo que nosotros seamos un grupo, sino más bien hablo de filiaciones: Natalia Rojas, Ismael Gavilán, Jorge Polanco, Jaime Pinos…

«LA POESÍA ES ACERCARSE AL OTRO»

—¿Desde cuándo escribes poesía?

—La poesía nunca me interesó mucho. Cuando era chico no me gustaba, tampoco me gustaba mucho leer novelas o cuentos. Me gustaban los cómics. Me gustaban las enciclopedias. Me encantaba llegar a la casa de mis abuelos y sacar un tomo de una enciclopedia y ver barcos vikingos; ver las imágenes, las leyendas. Siempre fui un cabro chico curioso. Me encantan los libros sobre animales, todavía los tengo. Los atlas todavía los tengo. Me encantaba estudiar los lugares, los países, las fronteras.

—La verdad es que la poesía nunca fue importante, salvo porque mi mamá me recitaba algunos poemas cuando yo era chico. Me recitaba cosas de José Martí, por ejemplo. Algo fue quedando. Ella también escribía poesía. Dice que cuando chico —yo no me acuerdo mucho— ella tenía un cuaderno de los poemas que había escrito y me los leía. Que eran poemas de amor, o poemas para hacerme dormir o poemas donde ella escribía lo que pensaba, su vida, me imagino… Y creo que de ahí viene una veta.

—Y, de verdad, empecé a escribir cuando tenía como 15 o 16 años, porque me gustaba mucho el inglés y me ponía a traducir letras de canciones de bandas y ahí me di cuenta de que yo podía hacer versiones de esas canciones. Y de ahí empecé. Pero como una cosa bien natural, nunca me dije «voy a ser poeta, voy a escribir un libro». Después cuando fui aprendiendo, cuando me fui metiendo en la poesía, cuando fui comprando otros libros que no eran cómics ni atlas, ahí sí como que vino un tema más de autoconsciencia. De «esto tiene un sentido», de «esto puede ir para un lado», de «¿La poesía qué es?». Todas esas preguntas que uno se empieza a hacer. Los problemas vienen cuando viene la maduración y te das cuenta que lo que estás haciendo tiene cierto sentido, que vale la pena seguir haciéndolo. Porque uno no sabe hacer ninguna otra cosa mejor [se ríe].

—¿Qué crees que debe ser la poesía?

—Una bazuca [se ríe]. Creo que la poesía, y el poeta, deben mantener ese estatuto del oficiante. De alguien que está trabajando diariamente en algo que no es de él, que es comunitario, y en cuanto que es comunitario, participa de una construcción. Como también la puede criticar, como la puede desrealizar, como puede hacer mezclas… Puede ser una especie de DJ de la cultura. La poesía debiera de ser una especie de salto del hombre sobre su propia realidad. Un salto para ver las cosas de manera patente y, al mismo tiempo, ver que eso patente es tan fugaz y que sobre eso tenemos que construir.

—¿Construir qué exactamente?

—Construir como sociedad, construir como trabajadores, construir como oficiantes. Si la poesía se vuelve únicamente sobre la poesía, no hay un camino que haga un contacto directo con el no-lector. Queda herméticamente cerrada, como un cofre. Si la poesía es únicamente política, no cumple el sentido político, porque las estructuras políticas nunca van a querer ese tipo de discurso, las estructuras políticas trabajan de otra manera. La política tampoco puede ser únicamente histórica, tiene que aunar todo.

—Es una especie de antiespecialidad. Lihn también habla sobre esto. Uno no es especialista en nada, uno sabe de todo cuando escribe poesía. Es como ser librero también. Tienes que saber un poco de todo y, desde ahí, desde esa curiosidad, ir escribiendo, ir armando proyecto, ir elucubrando, ver cuál es el punto álgido en donde la palabra no ha estado y situarlo ahí, pero no únicamente por lanzarlo, sino con una conciencia mayor, un compromiso con el otro. Porque también la poesía es acercarse al otro.

«BUENOS AIRES NO TE ENGAÑA»

—¿Por qué te viniste a Buenos Aires?

—Bueno, en el libro dice que me vine para acá escapando de mí mismo [se ríe].

—¿Y fue así?

—En parte sí. O sea, estaba en unas situaciones incómodas en Chile, digamos, personalmente no me sentía muy logrado. No porque no me dieran pelota ni nada, sino porque sentía que me tenía que ir. En mi familia también está esa cosa muy de viajar. Mi papá es marino, es capitán de barco. Parte de mi mundo visual, audiovisual está sintetizado a través de esos elementos marinos. Yo viajé mucho con mi papá cuando era chico y el gusto por viajar no se me quitó nunca.

—¿Eres de los chilenos que, como Enrique Lihn, se refiere al país como el «Horroroso Chile»?

—No. Chile nunca va a ser algo horroroso porque Chile no es solamente su gente [se ríe]. Es broma. Yo crecí en el idioma de los colegios de curas. Y Chile es un colegio de curas. Muy reglamentario, muy ordenado, pero dentro de ese aparente orden hay un desorden terrible, mental, hay un caos, hay historias no cerradas, hay memoria no transcrita, hay hundimientos de barcos que nunca se supo qué pasó, hay historias mínimas de gente que emigró. Hay mucho. Pero todo está escondido en una corbata. En una corbata y en una camisa.

—Pero Chile no me parece que sea un lugar horroroso. Hay un Chile profundo —que es como casi decir hay un chile chileno… Es una obviedad, pero que es real— que es la cultura más de raíz chilena, más de roble, que es ahí donde se genera los terremotos. Para mí los terremotos se generan en la garganta de los cantores, o alfareros, de los poetas, los terremotos están ahí… todos los que trabajan, de alguna manera, esa cultura popular, o esa sabiduría —que también puede pasar por el academicismo, en ciertos momentos— tienen esa sintonía, han logrado darse cuenta de esa dimensión que tiene Chile. Eso quizás es lo que más nos cuesta entender. Que toda esa cultura nace en un tremendo mar que se viene encima, de una montaña que se quiere arrojar arriba de nosotros y, mientras tanto, la tierra se mueve, los padres se van y las mujeres cantan. Eso me parece que es. Toda la mitología personal, grande, de Chile.

—Y en relación a la creación y difusión de la poesía, ¿Te ha parecido más llevadero o, quizás, más cómodo hacerlo acá o en Chile?

—No hay comodidad. Cuando uno escribe, si se siente cómodo, está mal. Como que cuando te empezaste a sentir cómodo, es cuando las cosas empiezan a encajar. Y, quizás me arrepienta de decir esto cuando tenga 70 años —si es que llego a los 70—, pero la poesía tiene que estar en el riesgo de no sentirse que encaje. Que tenga sus espacios modelados, que se pueda llegar a repetir. Entonces no, para mí me representa un desafío estar acá.

—De repente hay palabras que se me meten, o acentos, o tonalidades, o imágenes, que quizás no son «traducibles» al «acento chileno», o representan una dificultad. Hay tantas palabras que ocupan los argentinos, el lunfardo, el ritmo de Buenos Aires es muy distinto al ritmo de Santiago. Hay una cosa más pausada, que a la vez también es más erótica, que es una ciudad que es desordenada, pero que en ese desorden es muy clara; que extrañamente todos nos conocemos, todos nos encontramos, es como un pueblo chico, pero agitado por pasiones, que son los barrios. Hay muchos árboles, hay muchos niños en la calle [en este preciso momento de la entrevista, un niño nos deja un calendario en la mesa], hay mucha locura. Locura real. No estoy diciendo que la gente sea desaforada. Hay locura. Y se ve patente. Buenos Aires tiene algo que no tiene Santiago: que es súper transparente. No hay doble discurso. Nunca te engaña. No te dice que es el paraíso de los negocios, o el paraíso de la educación, o el paraíso del orden, no.

—¿Y cómo es ser poeta chileno en Argentina?, ¿Sientes el prestigio de la poesía chilena en el trato aquí?

—Sí, tiene un prestigio la poesía chilena. Pero no es una tabla sobre la que uno pudiera surfear. Porque la ola de la poesía chilena es bien grande y es bien difícil. Es una especie de tsunami que no tiene mucha contemplación. A veces está lleno de cosas que también se conocen fuera: de nihilismo, de derrotismo, complicidades, de traiciones… Es bien patente eso.

—Lo interesante no es ser un poeta chileno en Buenos Aires, lo interesante es ser un lector de poesía chilena en Buenos Aires porque, en un momento, uno pierde el apellido chileno. Quizás uno es una especie de vínculo, un médium. Lo interesante es terminar una lectura y que alguien te diga: «Yo leía a Pablo de Rokha, a Carlos Cociña, a Elvira Hernández»… Ahí, cuando uno comienza a hacer esos vínculos, es interesante. Me parece que el canon chileno no existe, como lo quisieron algunos teóricos decimonónicos o del siglo XX. No hay una idea muy armada de qué es la poesía chilena. Se sabe que son más que unos nombres grandes.

—¿Cuáles son tus nuevos proyectos?

—Mis nuevos proyectos son descansar un año [se ríe]. No, dejar volar Tordo. Y estoy trabajando en una especie de poema largo, cortado en partes, que se llama Litoral central y que tiene que ver con el litoral central de Chile. Con la zona de Maitencillo, Algarrobo, Papudo. Esas zonas, esos pueblos, que son interesantes porque ahí hay un núcleo de la historia que nunca se resolvió y que tiene muchas resonancias con mi infancia, y que siento me estoy metiendo en un terreno un poquito más lírico, más metafísico a ratos.

—He entrado un poco también con la religión, me he religado con cosas. Y ahí estoy indagando historias. Por ejemplo, el tiempo de la Guerra Civil de 1891; los tipos de industrias que se están instalando y destruyendo esa zona. Hay como un núcleo de lo que es Chile que, me parece, ahí se da como muy patente. O por lo menos yo lo veo de una manera muy patente. Y, en esa dimensión, es en la que estoy entrando. Y es la continuación de otro trabajo que estoy haciendo, que es un libro sobre una película sobre la cotidianidad, sobre cómo uno establece una cotidianidad con otro. Ahí también las metáforas son muy marinas, muy del litoral. Voy a ver cómo se unen esos dos trabajos.

—Vuelves mucho a tu infancia, al mar…

—El mar es algo que no se aleja. El mar es parte de mi escritura. Hay algo que siempre a mí me quedó grabado de cuando era chico: era el 21 de mayo y nosotros teníamos que hacer un cuadrito en el colegio sobre el mes del mar. Y era bien particular, uno iba juntando cosas muy distintas. Podría haber sido una especie de instalación, si uno lo piensa ahora… Todos los años uno repetía ese ritual: tratar de encontrarse con el mar. Y podían ser pueblos que estaban metidos en el desierto, y estaban haciendo lo mismo. Para mí es muy importante toda esa figura. Tiene mucho que ver con mi infancia, con la relación con mi papá, con los viajes que hice (Europa, Brasil, Estados Unidos) viajando por el mar.

—Por último: Librero, profesor, escritor, poeta, traductor, inmigrante, chileno. Si tuvieras que presentarte en una palabra…

—Curioso. Yo soy un curioso de la cultura. Me encanta. Me encanta saber cómo se hacen las cosas, cómo se arma un mueble, cómo se hace un avión, cómo viven las medusas… Todo el tiempo ando buscando poetas, cosas, papeles, fotos. Yo me siento más una persona curiosa. Espero que no se me pase. ElGuillatún

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