Hemos pasado diez años juntos, incluso veinte. Tenemos escenas memorables que darían para una novela tan extensa como “La guerra y la paz” o una serie con más capítulos que Columbo o el Agente 86. Nos criamos en un pueblo chico, de esos que son casi todos iguales, donde no hay nada más entretenido que juntarse a beber, hacer un asado bajo el puente del tren, salir en bicicleta a vagar por el campo. Ninguno de nosotros tiene una idea muy clara de quién es Dios o el Diablo, pero coincidimos en que hay ciertas encarnaciones: Bowie, Clapton, Tom Araya, Guilmour, John Mclaughlin, Danny Cavanagh. Cuando nada nos preocupaba lo suficiente retrocedíamos los cassettes con la punta de un lápiz, ahora daríamos la vida por hacer lo mismo con el tiempo. Si algo nos une es que nunca nos tomamos nada a pecho, con seguridad ser amigos, saber en qué o no contar con los demás. Hay lealtades de por medio, la primera de todas: la avenida Urmeneta y su gran túnel de plátanos orientales. Podían ser las cuatro de la mañana y nos sentábamos en su asfalto sin que pasara absolutamente nada, con suerte una lechuza o un colectivo sin recorrido fijo. Estar ahí ya era un ejercicio de lealtad y lo sigue siendo. Porque si cortaran todos los puentes del mundo este sería el único lugar al que llegar. Los cerros verdes en primavera, las garzas avanzando en posición de combate cuando cae la tarde. Albert Camus decía que en tiempos inhóspitos como los nuestros solo quedaba esta especie de hermandad, el valor único del que somos capaces. El verdadero arrojo es continuar siendo lo que somos a pesar de los océanos o montañas que puedan dispersar a nuestros cuerpos. No soy capaz de escribir las innumerables anécdotas que hemos pasado, solo de honrar las continuas revanchas del destino. Estamos aquí y para siempre, entre todos, eternos de alguna forma.
Por Diego Alfaro P.

Que Bonitoooooo!!!!
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