
Por Diego Alfaro Palma
📷@fotosmetal
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Fue en el tiempo de las revistas que circulaban en los quioscos y en las disquerías. Algunas venían de España o Argentina, envueltas por una funda plástica y se exhibían colgando de un gancho, unas sobre otras. Esta en particular estaba hecha en Chile, con una gran factura. Tenía el nombre de Into the Void, como un homenaje a Black Sabbath. No sé cuántos números alcanzaron a sacar, pero dentro traía entrevistas, muchas reseñas a discos, películas y creo que también a uno que otro libro. Lo especial era que incluía un CD con los últimos lanzamientos de temporada. De ese número recuerdo haber conocido unas bandas italianas, chilenas y canadienses. Sin embargo, lo que más resaltaba era “The Sun Fired Blanks” de los suecos Dark Tranquillity. Se mencionaba en esa páginas a su álbum más cercano, Projector, pero yo en esa época no sabía casi nada de eso. La canción era veloz, las voces guturales y una melodía avanzaba en el entramado con un despliegue de energía superior a la eléctrica. Como fuera, con mis amigos bebimos y comimos escuchando ese disco y deteniéndolo varias veces en esa pista. Con el pasar de los años, a ese tipo de música la llamé cariñosamente “tecnología sueca”.
Dark Tranquillity, In Flames, At the Gates, Soilwork, Arch Enemy, pero también Katatonia, Amorphis y Opeth eran comunes en nuestras juntas de fin de semana. A veces bajo un frondoso sauce cerca del estero, cargando una radio a pilas o, en otras, en las juntas en casa, donde intercambiábamos discos y cassettes, algún libro de Bukowski o de Bradbury. Uno que otro dibujaba y hacía parches para las mochilas. Pero nunca nos preguntamos porqué nos gustaba tanto ese sonido nórdico, qué tenía que ver con nosotros que vivíamos en una zona rural al otro lado del mundo. Lo que había sido ABBA y Aha para nuestros padres en la dictadura, para nosotros resonaba con otros decibeles e impronta.
Así que a las semanas de haber adquirido esa revista me compré Haven, el disco de Dark Tranquillity que sucedía a Projector. Antes la inmediatez poco importaba, uno escuchaba tanto para adelante como para atrás. Además, se realizaban todo tipo de trabajos para conseguir música, como lavar autos, cargar camiones, o atender tiendas de tarjetas y peluches. Pero más allá de todo eso, debo decir que ese fue uno de mis primeros discos de música extrema que tuve en mi poder, y me enamoré de él, de su sonidos de sintetizadores, máquinas, la matemática de los ritmos y las letras con un sentido crítico ante el consumismo y la utilización de la tecnología para la destrucción. Ahí entendí que Mikael Stanne, el vocalista y líder de la banda, era un cerebro creativo que saltó con muy pocos años a una escena que él mismo fue construyendo: la increíble escuela de Gotemburgo.

Los metaleros viejos de mi pueblo discriminaban ese sonido nuevo. A los “truchas” —como los llamábamos en un juego de palabras con “trasher”—, los respetábamos, pero no tanto como para avalar el sesgo. Nosotros éramos chicos y chicas que a la vez escuchábamos Depeche Mode, Radiohead, Pink Floyd, Los Jaivas e íbamos a conciertos de jazz gratuitos en los veranos o de orquestas; nos colábamos en las tocatas de los punks y en las peñas folklóricas. Éramos unas esponjas y, créanme, no solo de música. Pero el rasgueo extremo, el riff, la voz limpia mezclada con el grito, nos interpelaba mucho más, nos hacía sacudir la cabeza y a la vez pensar. Esas atmósferas y la inclusión de instantes acústicos, cruces entre voces limpias y otras guturales, hizo que esa pequeña ciudad industrial de Suecia diera el clima perfecto para el nacimiento de un estilo que logró unir lo delicado y lo brutal. Y eso era quizás lo que estábamos buscando.
A varios de esos chicos y chicas no los he visto más. A uno que otro de vez en cuando. Pero yo seguí escuchando a Dark Tranquillity y a ratos pensaba que era mi último bastión en la música extrema. Y me di cuenta que era tan importante en mi repertorio personal como Grace de Jeff Buckley o los conciertos de Nina Simone o Jorge Ben. Algo en mi interior necesitaba esa tensión y liberación de átomos que lograban estos suecos con su acelerador de partículas. “There in”, “Punish my heaven”, “Misery’s Crown”, “Not Built to Last”, “Terminus: Where Dead is Most Alive”, se convirtieron en hitos en la autopista de la mente, claros y oscuros de un bosque que muchas veces me sacó del desánimo.
Pero cuando realmente su fórmula se adhirió de manera integral a mi cuerpo, fue cuando sobrevino la pandemia. Me quedé solo durante meses en un departamento en Santiago, a meses de mudarme desde Buenos Aires, donde había pasado una larga temporada. Quedarse solo con uno mismo no es una tarea fácil. Hay demasiados demonios rondando. Y en la pandemia el mundo parecía no ocurrir afuera, sino que se desvanecía lentamente. Y para no caer, no desfallecer en los días de incertidumbre, volví a ese metal imaginado con grandeza. Escuché Atoma, que para muchos fue una revelación y, luego Moment, un disco introvertido, lleno de construcciones sonoras provenientes del futuro más cercano y desconocido. Ni más ni menos que la letra de “Atoma” y de “The dark unbroken” se convirtieron en pilares de mi sanidad mental. Si no las hubiera tenido a mano, quizás ese periodo lo habría vivido peor, con una angustia desatada.
Por eso admiro el universo del metal, no solo por la destreza de sus intérpretes, esa calidad excepcional que tienen algunos, sino más bien por la devoción que existe entre el público y la banda. Stanne y sus compañeros han logrado eso y lo han acrecentado, por algo se presentaron en el Teatro Cariola este viernes 16 y recibieron tanto como lo que han brindado por años en sus discos, elaborados siempre con un principio de honestidad creativa y de transformación a lo largo de su existencia. Es que Dark Tranquillity busca algo intenso y profundo en una época llena de emociones a medias. No hablaré de todo lo que le ha costado a Stanne mismo sobrellevar como artista su carrera, mantener a su familia y, ya en esta etapa de su vida, dedicarse al cien por ciento a sus proyectos. No, no diré nada, salvo decir que me parece que ha sido un camino largo para una agrupación que no ha tenido grandes baches, ni se ha vendido a las modas, ni ha girado en falso, ni mucho menos ha repetido sus fórmulas ganadoras. Por eso entiendo que finalice un concierto tan brutal llorando a mares, recibiendo una ovación interminable. Eso no sólo ocurrió porque revisaban sus clásicos discos The gallery y Character, sino por una evidente consistencia.
Dark Tranquillity hizo un concierto impecable porque solo eso saben hacer. No hay fuegos artificiales ni grandes despliegues de escenografía, basta con la tenacidad con que salen al palco y remueven en sus oyentes cualquier preocupación que pueda existir. Yo mismo fui a deshacerme con ellos de un 2025 horrible y crudo. Fui a ejercer mi devoción y en gran medida darles las gracias por sostener un género que es de pocos. Estas mismas líneas son para pocos, para los menos que han integrado en sus vidas esa oscura tranquilidad que necesitamos en las buenas y en las malas, cuando las cosas parecieron injustas y algo nos quemó por adentro.



