Cuando tenía 18 mi Beatle favorito era John Lennon. Me identificaba poderosamente con él, en primer lugar porque mi mamá era una fanática, pero luego por su saturación de guitarras en temas como “I’m losing you” y, obviamente, por su posición política tan aguerrida. John era de esa gente que decía las cosas pateando puertas o desnudándose, no tenía puntos medios. Y yo quería ser como él, al nivel de que andaba para arriba y para abajo con una chaqueta militar cantando el “White Album”. Hacia los 27, y habiendo perdido la buena senda, me sentí muy cercano a George Harrison, de hecho, quería ser George.
Me volví hacia la música hindú, la filosofía oriental y traté de buscar por ahí una salida. George te impulsa a hacer cosas como la meditación, rezar mantras y abuenarte con la familia; “All things must pass” es de mis discos favoritos de la vida, es de esos objetos que me llevaría a Marte o a una isla desierta, si se diera el caso. No obstante, ahora último, me parece tan simpático Paul McCartney, que veo entrevistas de él y termino diciendo “¡pucha que me cae bien este chabón!”; por lo demás, es el único Beatle que he visto en vivo. No sé, pero Paul es tan gracioso, liviano de sangre y, a la vez, tan virtuoso que es una meta llegar a viejo con esa buena onda. Su trabajo con los Wings es tan sacado de madre que no tiene comparación y su último LP, es como esos regalos que hacían los abuelos, uno se siente feliz solamente porque es el regalo de tu abuelo. Quizás, algún día, salga a la calle con unos lentes oscuros y unos pantalones ajustados, la barba a medio afeitar y una remera de los Stones. Quizás algún día quiera ser Ringo Starr, y me siente los domingos en la tarde a escuchar discos como el “Liverpool 8”, o videos de él tocando la batería o a reírme con sus chistes en la TV inglesa. No lo sé. La vida por estos días está tan complicada y llena de baches, que los Beatles me parecen cuatro facetas necesarias para afrontar las nubes negras: la resistencia, la calma, la gracia y Ringo Starr.