Vengo de comprar verduras y estoy en éxtasis. O algo por el estilo. Ir a comprar verduras en Limache tiene algo especial. Quizás volver a Limache tiene algo especial y lo vengo haciendo desde hace más de veinte años: mi paso retrocedido se vuelve más lento, el aire importa más, el sol llega de una manera distinta y el ruido casi no existe. Aquí el sonido es hojarasca y zorzales, nada más. El día que pongan edificios en la Avenida Urmeneta este pueblo-ciudad perderá algo más que una manzana, perderá esa identidad de ser un lugar detenido en el tiempo. Yo paso por fuera de la casa de mis abuelos y, aunque ya no estén, están ahí; lo mismo con la casa donde nací: casi puedo verme corriendo alrededor de mis hermanos. Incluso si salgo a caminar es posible ver a lo lejos a los amigos que dejaron la ciudad y nunca más volvieron. Otros no se movieron de aquí, quizás para dar testimonio de que algunas cosas no cambian. No obstante, en la última década, las inmobiliarias empezaron a derribar casas y levantar edificios. El panorama de las viejas casonas y de las viviendas sociales se ha ido modificando. Ha llegado más gente de otros lados, por esa particularidad de estar entre Santiago y Valparaíso. Hoy por hoy la lógica de la pesca de arrastre se aplica en estos pequeños pueblos… Mientras todas las ciudades alrededor se vuelven iguales con sus centros comerciales, edificios y locales de comida rápida, Limache no parece doblegarse o al menos tarda en hacerlo. Pienso que debería escribir muchas cosas sobre Limache, muchas más de las que he escrito, pero prefiero a esta hora dejarme adormecer por el ritmo de estos días, mientras el mundo se cae a pedazos, quedarme a ver el otoño desde acá, ser el poeta del pueblo que nunca fui.