
Después de un par de semanas sin actualizar este blog, abro una nueva sección llamada «Desde el taller», destinada a compartir los textos de mis estudiante del taller de escritura. Con cada uno de ellos me he reunido durante años a trabajar sus creaciones y pulirlas hasta lograr su mejor versión. En sí, nos dedicamos a charlar de la vida, de los libros y a concentrarnos en un trabajo línea a línea, párrafo a párrafo.
Para empezar, les presento a Marcia Moroni; ella nació en el norte de la provincia de Santa Fe, en 1981, es Contadora Pública Nacional y participó de los talleres literarios de Marta Rodil y, obviamente, el de Diego Alfaro Palma. Actualmente escribe un proyecto difícil de catalogar llamado Excusas y que me gusta justamente por eso: es un merodeo entre el relato, el ensayo, el diario de vida y la novela; fragmentos que se van armando unos gracias a otros y dirigidos a alguien que no terminamos nunca de descubrir.
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EXCUSA 2 (para hablarte)
Primer día de clases.
—Allá está tu mamá —dijo la señorita Marisa, señalando con un dedo flaco una esquina del patio.
Tenía los ojos inundados, pero hacía fuerza con los puñitos para que las lágrimas se quedaran en su lugar. No tenía que llorar, no podía llorar, no iba a llorar. Después de todo, era una nena grande: sabía llegar sola hasta la casa de mi abuela y sostener en brazos a mi prima menor. Sabía comer con tenedor y cuchillo. Y dormía casi toda la noche en mi habitación, sin pasarme a la cama de dos plazas. Todavía no lograba montar en bicicleta sin las rueditas de atrás, pero practicaba tarde tras tarde.
—Allá está, ¿la ves? —seguía diciendo la señorita, que se había agachado junto a mí.
Asentí con la cabeza, porque las palabras en lugar de subir por la garganta se habían vuelto una bola apretada dentro del estómago. Mi mamá no era como todas las mamás —ya lo sé, probablemente ninguna lo es—, pero mi mamá era especial: no se había quedado en el portón de la vereda, saludando desde afuera. Mi mamá era la maestra de primer grado, y estaba armando una fila con chicos de guardapolvos blancos, enseñándoles a tomar distancia.
La señorita Marisa tomó mi mano y una de las lágrimas salió disparada como una paloma de la galera del mago. Y como si la hubiera advertido a la distancia, mi mamá levantó la cabeza para sonreirnos.
Entre todos los alumnos de preescolar se armó una ronda. Las niñas llevábamos guardapolvos cuadriculados en tonos blancos y rosa, con bolsillos enormes en la parte delantera y cintas rojas. Colitas tirantes o trenzas. En cambio, los niños estaban vestidos con cuadros celestes y blancos —parecía que hubieran escapado de la bandera que bailaba en lo alto del mástil—. Todos teníamos el nombre bordado con letras cursivas.
Talán, talán, talán. Comenzamos a entrar al aula, que era distinta de las demás aulas, era como un pequeño bloque en el centro de la escuela. Con ventanas diminutas y escaleras cortas, como si nos metieramos dentro de una casa de muñecas. A la izquierda se encontraba la dirección, a la derecha el comedor. En mi bolsa llevaba una taza roja, existía la promesa de una factura y chocolatada durante el recreo largo. Mucho más lejos estaban los baños. Nos habían llevado a conocerlos, los de mujeres y varones se ubicaban apartados. Me daban un poco de miedo, porque en lugar de inodoros había agujeros en el piso, rodeados por mosaicos blancos. Teníamos que pararnos con las piernitas separadas y agacharnos procurando no caernos, hacer equilibrio. Me daban bastante miedo, no quería ir al baño.
Colgamos las mochilas de tela en una hilera de percheros de madera, ubicados a la altura de nuestros ojos. Buscamos lugar en mesas redondas con sillas de patas cortas y asientos tejidos con paja. Conocía solo a un par de mis compañeritos. Fui a sentarme junto a Clara. Ella sabía leer, yo no. En un rincón, se encontraban las témperas y crayones para la hora de dibujo. En el extremo opuesto —mi favorito—, se levantaba el espacio de juegos: rompecabezas, dominós, teteras y tazas, una estación de bomberos y animales de granja aparecían ordenados sobre los estantes. Los miré con ansias.
La señorita se paró en el centro del saloncito, abrió un libro y empezó a leer una historia de brujas…
El mono se puso de pie y siguió andando hasta convertirse en hombre, de igual modo que el bebé deja de gatear persiguiendo el mismo objetivo. El simio comenzó a afeitarse para ponerse un traje, el crío abandonó los pañales para construir su propia jaula. Se levantan rascacielos al mismo tiempo que se derrumban casas de abuelos. Crecen vinagrillos entre las tumbas mientras el limonero del fondo sigue en pie. Porque a pesar de la evolución constante —o quizá como consecuencia de ella—, existen rincones que se mantienen intactos. Será por eso que te escribo.
Ya no volví a jugar al doctor, ignorando el doble sentido. Ni espero mi turno antes de hablar, levantando una mano. Nadie me lee un cuento ni se me pega la plastilina entre los dedos. Soy una experta en eso de ir a los baños públicos haciendo equilibrio. Prefiero dormir sola antes que acompañada. He aprendido a montar en bicicleta, también a conducir un auto. Pero si hay algo que treinta años después se mantiene inalterado, es la voz de la señorita Marisa llamándonos para entrar a clases.
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