Este es el momento

3/11/19

Escucho el canto de los cachuditos y zorzales. Son los aromos los que traen su perfume y abejas desde lejos. Al fondo, entre los troncos de las encinas, un grupo se reúne a conversar. En la feria se exponen tomates, albahacas, romero y limones. La vida pasa tranquila en Limache, mucho no cambia. La alarma de los bomberos sigue marcando el mediodía, pero sí los postes de luz del parque cargan carteles con los datos entregados por el Instituto de Derecho Humanos sobre el número de desaparecidos, muertos y heridos en estos ya quince días de movilizaciones. Increíblemente mientras esto ocurre –y una brisa fresca mueve las hojas de este cuaderno- hay un imitador de Michael Jackson, vestido como en el video “Bad”, que practica sus movimientos al ritmo de un parlante portátil; uno que estaba por ahí sentado, se le acerca y le pasa un billete de mil pesos y lo aplaude.

A pesar de esta aparente “normalidad” alrededor de la región de Valparaíso se organizan cabildos, charlas y asambleas autoconvocadas; algunas librerías abren sus puertas al debate, un grupo de manifestantes marcha desde este mismo Limache hacia el palacio de La Moneda para entregar una carta-petitorio al presidente, subiendo una cuesta de 1.500 metros altura y bajo el calor semidesértido de Til-Til. Los valles que forman la cuenca del Aconcagua y la cordillera de la costa han pasado a transformarse en “zonas de sacrificio” con desastres ecológicos irreversibles: la contaminación producida por la refinería de carbón de Ventana, los derrames de petróleo en Quintero, la prolongada sequía de Petorca y alrededores -que avanza a medida que se liberaliza aún más el monocultivo de paltas y coníferas-, la instalación de torres de alta tensión y de plantas termoeléctricas para solventar las demandas de la minería. La flora y la fauna autóctonas corren el grave peligro de ser reducidas a su mínima expresión, al igual que la larga tradición agrícola; la población ha salido a exigir en todos los términos posibles una respuesta –con estudios, advertencias y demandas- recibiendo únicamente el constante ninguneo de las autoridades, pero también de una parte de la ciudadanía completamente apática. Hoy en Chile la mayor batalla es la del individuo contra los medios y una clase política que invisibiliza, en una “guerra psicológica”, para desgastar los movimientos populares, en especial este, generando una confusión entre la manifestación y el saqueo.

El imitador de Michael Jackson revisa cada una de las coreografías del rey del pop. Una señora que vende plantas medicinales me dice “con todo esto no he podido salir a dar mis cursos, la gente está en otra, pero es mejor, este es el momento”; al lado una artesana comenta “mi hijo ha estado todos los días en las manifestaciones y ayer, que se quedó en la casa, hizo la manifestación desde su pieza”. Me cuentan que en la mañana el profesor y musicólogo Gastón Soublette –uno de los traductores más importantes del alma profunda de Chile- ha salido a la pérgola a dar una charla. Los chilenos somos un pueblo que le ha costado 17 años de dictadura y 30 de democracia salir de la criminalización de la expresión pública, un pueblo que le ha costado volver a reunirse y conversar, por lo que ahora los invito a dejar este ambiente de árboles frondosos para asistir a una reunión, a unas cuadras de aquí, a asistir a una reunión sobre la constitución, una de las más de 12.000 que se celebraron en estos días en el territorio nacional. Vamos entonces a la ONG Trekan de Limache donde el abogado Patricio Bravo nos pasa a explicar:

“Toda constitución tiene por misión organizar un Estado y al mismo tiempo brindar un catálogo de garantías mínimas para los ciudadanos. En sí, es un texto político y jurídico, pero especialmente es también un texto cultural, es decir, es el reflejo de la cultura política de una época. En este sentido uno de los grandes problemas de la constitución de 1980 –articulada en plena dictadura- es la existencia de un principio de subsidiaridad, que quiere decir que el estado sólo puede actuar cuando los privados no pueden o no quieren. Este principio es la base que sustenta el sistema económico neoliberal instalado en la misma época en este país: promueve la privatización y la acción de grupos intermedios, separa al individuo del estado y ese es uno de los puntos que más nos aquejan hoy, con nuestro sistema de pensiones, de defensa de los recursos naturales, nuestro acceso a una educación gratuita y de calidad y a una salud digna”.

Esto lo transcribo a partir de mis notas, Patricio es mucho más práctico y recurre a su memoria de códigos y artículos para hacernos entender que un cambio en la constitución no será un cambio en lo inmediato de las demandas actuales, sino que será una transformación a largo plazo en la cultura política del país, en su manera de interrelacionarse y llegar a una instancia más justa corparticipación. Los asistentes levantamos las manos y preguntamos, otros miran la señal por internet. Los asistentes somos trabajadores, personas de la tercera edad, estudiantes. Hay demasiadas dudas, pero logro percibir que nos vamos con más certezas. Sabemos que las reformas constitucionales son difíciles, ante todo en la que hemos tenido que convivir desde 1980 y que es un candado cerradísimo; hoy sólo contamos con nuestra presión hacia los representantes para llamar a las asambleas. Entendemos entonces que es nuestra responsabilidad la que nos puede llevar a formar una agenda única basada en un grito tan postergado. Nos despedimos de besos y apretones de manos, cada cual ofrece continuar la próxima semana, se abren posibilidades para llevar esto a comunidades más alejadas del valle y a otros centros de vecinos. Esto es algo nunca antes visto ni hecho en la historia de Chile, pero nadie quiere perdérselo. A mí me recuerda a las unidades de trabajadores filmadas por Patricio Guzmán en su documental “La batalla de Chile”, pero pronto me doy cuenta de que los años setenta aunque estén ahí con sus canciones, ya no lo están como una repetición cíclica, sino al contrario, están ahí desde su espíritu más participativo, desde una extraña sensación de unidad. Camino a través del pueblo donde nací y crecí hace 35 años y tal vez ya no es el mismo, aunque aún nos miren las montañas cada vez más secas y un cielo ya sin nubes.  

Nota: Las fotos 1 y 2 son de autoría de Pablo Rivera.

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